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La razón por la qué los colombianos tomamos café de muy mala calidad

Antes de la pandemia, en una cafetería tradicional de la ciudad de Bogotá, Juan Manuel Ortiz, un especialista en café, toma un sorbo de la bebida nacional en un pocillo blanco que afirma «Café de Colombia» y tiene pintada una banderita del país.

Y le cuesta, no le agrada. Prácticamente le dan arcadas.

«Me sabe a metal», afirma. «No se siente natural, está muy quemado, no es dulce ni ácido».

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En la mesa de al lado hay 2 jóvenes mujeres charlando cerca de lo que aquí se conoce como un «tinto», un café negro de sabor fuerte. Cuesta tres mil trescientos pesos (US dólares americanos1).

Liliana Palacio, una de ellas, sicóloga, comenta: «Este el café que hemos tomado desde pequeñas, o bien hasta más bueno, pues aquí es fresco, no es el tinto recalentado como se habitúa».

A diferencia de muchas oficinas, restaurants o bien hogares colombianos, esta cafetería prepara el café al momento y con máquinas de espresso. Todavía de esta manera, los aromas y sabores frutales que se aguardan de un buen café semejan estar eclipsados por un gusto a quemado, fuerte, amargo.

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Ortiz, el barista, no se lo puede terminar: «La gente me afirma que (soy) esnob, mas nos afirmaron que teníamos el mejor café del planeta y la realidad es que nuestro mejor grano se exporta y los perjudicados somos los usuarios y cultivadores».

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